Obstáculos de la economía colaborativa

Los obstáculos que ha encontrado la economía colaborativa

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¿Te acuerdas de la primera vez que conociste Airbnb?, ¿y del día que descubriste Blablacar, Uber, Wallapop, y todas esas aplicaciones que te permitían compartir y vender productos fuera del mercado oficial? Para muchos había llegado la nueva economía, basada en el bien común y algunas grandes empresas temen por su posición, si bien hay otras voces piensan que la hemos matado entre todos.

La economía colaborativa significaba precisamente colaboración. Es decir, yo te hago un favor prestándote un producto o servicio y tú, a cambio, me das otro o dinero. En Estados Unidos surgieron cientos de páginas para prestar productos, algunas han acabado cerrando porque el intermediario empezó a pedir una comisión por permitir alojar el producto, porque directamente no había mercado suficiente o en una gran parte de los casos por problemas de legislación. Pero a pesar de esto, se presentan como una de las grandes tendencias que podría revolucionar nuestros valores.

Airbnb, por ejemplo, tiene un grave problema legal en algunas ciudades del planeta. Si bien una transacción entre particulares, tal y como puede ser prestarle tu piso a alguien, es perfectamente legal, no lo es tanto cuando empiezan las quejas por el estado de la vivienda prestada o si tu inquilino decide no irse jamás.  Por no hablar del enorme daño que causa a los establecimientos legales que deben cumplir con una regulación en muchos casos excesiva.

El negocio está detrás de estos sitios, y es que al cabo de un tiempo, muchos de ellos han dejado de ser meros intermediarios a cobrar un (buen) fee por sus servicios. Además, la caída de precios del mercado ha provocado que el coste de algunos productos haya caído por debajo de lo que sería razonable alquilarlos.

¿Respuesta del mercado tradicional o medida desesperada?

El modelo de negocio de un gran número de webs y apps que nacieron para compartir se basaba en cobrar un fee por el servicio del producto, al ejercer de intermediario. No obstante, cada vez la gente prescinde más y más de intermediarios; lo que desean es tratar con la persona de forma directa.

Por otro lado y en siguiendo el ejemplo de los alojamientos, los hoteles han tirado la casa por la ventana, al saber que no pueden competir en igualdad de condiciones con el que alquila por días o semanas su casa.  Y además, debemos tener en cuenta un importante factor que obstaculiza la economía colaborativa: la vagancia.

Es mucho más sencillo encargar un producto que deseemos a Amazon, que nos lo manden a casa y tenerlo pudriéndose durante años después de haberle dado el uso que queríamos, que quedar con alguien para que nos lo preste, pagarle un dinero y después tener que devolvérselo. Es decir, el PaaS (product as a service) es algo que puede funcionar, especialmente con coches, avionetas o barcos, pero puede funcionar menos con otros productos más cotidianos o de un precio menor.

Uber por ejemplo se ha encontrado con un encontronazo legal: no es consumo colaborativo, es consumo a secas. Los conductores de Uber no comparten su coche, venden su coche como servicio. Cosa distinta sería que tú, como conductor habitual que se desplaza hasta la Calle X, compartieses tu trayecto con 3 personas más, que es precisamente el negocio de Blablacar, que ha introducido fee y empieza a añadir elementos de seguridad, tales como un seguro para el conductor y los viajeros.

La realidad es que todo el negocio de la cultura colaborativa corre el riesgo de venirse abajo cuando se quiere obtener un beneficio económico por ello. Al surgir cientos de empresas al albur de la cultura de compartir, no podemos olvidar tampoco que el propósito final de una empresa privada es generar negocio, ganar dinero. Teniendo esto en cuenta y las trabajas legales que se encuentran este tipo de iniciativas¿podrá la cultura colaborativa en un futuro, encajar en la legislación de los países y mercados, contentar a los usuarios y vivir sin grandes pérdidas? Esperamos poder verlo en un futuro.

 

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